domingo, 8 de mayo de 2016

CAPÍTULO 52

Carlitos llevaba ingresado dos días en los que le hacían pruebas y veían cómo reaccionaba a diferentes medicaciones. Estábamos realmente agotados, casi no dormíamos ni comíamos. Cuando mi padre trabajaba, mi madre y yo nos quedábamos en el hospital y por las tardes, Ismael venía a vernos, había conseguido un trabajo de camarero y le ocupaba casi todo el día. Era la tercera noche que mi hermano iba a pasar en el hospital y mi padre trabajaba.

-Hola… Buenas tardes.

Ismael entró en la habitación con una bolsa, en ella traía dos tarrinas con comida del restaurante y dos refrescos.

-Les he traído algo de cenar. -dijo entregándonos la bolsa y apoyándose en la pared a mi lado.
-Gracias, no hacia falta. -le contestó mi madre cogiendo la bolsa.
-¿Cómo está? -preguntó acercándose a la cama de mi hermano.
-Igual que ayer -dije- sigue con fiebre, vómitos, dolores… y le han salido moretones nuevos.
-¿De verdad? -preguntó extrañado, yo asentí. -si quieren, me puedo quedar esta noche y así ustedes pueden volver a casa y descansar.
-No, gracias. -contestó mamá- por las noches suele tener pesadillas y se despierta muy agitado, prefiero quedarme yo, pero… ¿Puedes llevarla a ella, si no te importa?
-No mamá, me quiero quedar.
-Esta noche no, llevas dos noches aquí sin dormir, vete a casa y mañana te quedas tu.
-Vale…

Tenia razón, me había quedado con mi hermano, sentada en una silla y apoyada en su cama, ni siquiera dormía, simplemente estaba allí, mirándole. Me despedí de mi madre y le di un beso a mi hermano que estaba despierto.

-Adiós peque, mañana vengo a verte. -él me sonrió y me dio un beso.

Ismael y yo salimos de la habitación y nos dirigimos a la salida.

-¿Te apetece cenar algo antes de ir a casa? -me preguntó.
-No, no tengo hambre.
-Ro, tienes que comer. -me negué y él me abrazó.- por favor…
-Vale…

Fuimos a la cafetería del hospital y cenamos allí, algo suave: una sopa y un poco de pescado. No me encontraba muy bien, no tenía apetito.

-¿Qué tal tu nuevo trabajo? Que no te he preguntado.
-No te preocupes, no pasa nada. Bien, normal, un trabajo cualquiera, soy el nuevo y se aprovechan.
-¿En serio?¿Qué te pasa?
-Nada, trabajo mas que ninguno y cobro menos que ellos. -le miré asombrada. -no pasa nada, es lo típico.
-Pobre…
-¿Y tu que tal? ¿Cómo te encuentras? - me encogí de hombros mientras negaba con la cabeza.
-Normal, ¿nos vamos? -asintió, recogimos y nos fuimos.

En el camino hasta el coche no hablamos nada, era un silencio muy incomodo y poco propio de nosotros, Ismael intentaba abrazarme echándome el brazo por los hombros y yo le rehuía, me limitaba a encogerme de brazos y mirar al suelo. Cuando subimos al coche me puse el cinturón, él se giró en el asiento y me miró.

-¿Por qué no me quieres decir cómo te sientes? -me volví a encoger de hombros y bajé la mirada al suelo, notaba como se me humedecían los ojos.- ¡Mírame! -lo hice- voy a estar contigo para todo, en todo momento, no lo dudes, pero necesito que me digas cómo estás o qué puedo hacer…

Las lagrimas brotaron solas, me llevé las manos a la cara y me tapé los ojos para romper a llorar.

-Ven aquí, anda. -me abrazó.

Como pude, con la voz entrecortada y sollozando, le contesté.

-Me encuentro mal… me siento agotada, cansada y… sola. Tengo miedo.

Ismael no me contestó, se limitaba a abrazarme fuerte, acariciarme el pelo o secarme las lagrimas.

Cuando me tranquilicé, arrancó y me llevó a casa. Por el camino intentaba mantenerme entretenida hablándome de cualquier cosa o haciendo gracias para que me riera, pero no lo conseguía. Se estaba esforzando mucho, pero no obtenía respuesta.

Tardamos unos veinte minutos en llegar, era ya pasadas las nueve y todo estaba muy oscuro, no solo porque fuera de noche, sino porque durante todo el día, el cielo había estado muy gris y nublado. Ismael aparcó y nos bajamos del coche, nos acercamos a la puerta de mi casa mientras yo rebuscaba las llaves en el bolso.

-¿Estás bien? -me preguntó abrazándome. Asentí. -Cualquier cosa, me llamas, ¿vale?
-¿Quieres… pasar un rato? -él me miró sorprendido y asintió no muy convencido.

Abrí la puerta y entramos. Estaba todo muy oscuro y no se veía nada, sobre todo en el pasillo.

-Espera, que enciendo la luz. -me apuré a decir.

Estaba muy nerviosa, era la primera vez que estábamos tan extremadamente cerca y para colmo, no le veía. En un intento fallido de encontrar el interruptor, me tropecé con él.

-Me has pisado. -me dijo riendo.
-Lo siento. -me reí con él.
-No pasa nada. -noté su mano en mi cara y cuello, mi cuerpo se estremeció -Ro…
-¿Si?
-Estaré contigo para lo que haga falta. Siempre.

La mano que tenia en mi cuello, acariciaba mi cara con el dedo pulgar mientras los otros cuatro dedos apretaban mi nuca y puso su otra mano en mi cintura.

-¿Siempre? -pregunté abrazándole por la cintura.

Sus manos se aferraron a mi, apretándome junto a él, y de la nada, sus labios estaban rozando los míos, “Siempre”, susurró.









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