Carlitos llevaba ingresado
dos días en los que le hacían pruebas y veían cómo reaccionaba a
diferentes medicaciones. Estábamos realmente
agotados, casi no dormíamos ni comíamos. Cuando mi padre trabajaba,
mi madre y yo nos quedábamos en el hospital y por las tardes, Ismael
venía a vernos, había conseguido un trabajo de camarero y le
ocupaba casi todo el día. Era la tercera noche que mi hermano iba a
pasar en el hospital y mi padre trabajaba.
-Hola… Buenas tardes.
Ismael entró en la
habitación con una bolsa, en ella traía dos tarrinas con comida del
restaurante y dos refrescos.
-Les he traído algo de
cenar. -dijo entregándonos la bolsa y apoyándose en la pared a mi
lado.
-Gracias, no hacia falta.
-le contestó mi madre cogiendo la bolsa.
-¿Cómo está? -preguntó
acercándose a la cama de mi hermano.
-Igual que ayer -dije-
sigue con fiebre, vómitos, dolores… y le han salido moretones
nuevos.
-¿De
verdad? -preguntó extrañado, yo asentí. -si quieren, me puedo
quedar esta noche y así ustedes pueden volver a casa y descansar.
-No,
gracias. -contestó mamá- por las noches suele tener pesadillas y se
despierta muy agitado, prefiero quedarme yo, pero…
¿Puedes llevarla a ella, si no te importa?
-No mamá, me quiero
quedar.
-Esta noche no, llevas dos
noches aquí sin dormir, vete a casa y mañana te quedas tu.
-Vale…
Tenia razón, me había
quedado con mi hermano, sentada en una silla y apoyada en su cama, ni
siquiera dormía, simplemente estaba allí, mirándole. Me despedí
de mi madre y le di un beso a mi hermano que estaba despierto.
-Adiós peque, mañana
vengo a verte. -él me sonrió y me dio un beso.
Ismael y yo salimos de la
habitación y nos dirigimos a la salida.
-¿Te apetece cenar algo
antes de ir a casa? -me preguntó.
-No, no tengo hambre.
-Ro, tienes que comer. -me
negué y él me abrazó.- por favor…
-Vale…
Fuimos a la cafetería del
hospital y cenamos allí, algo suave: una sopa y un poco de pescado.
No me encontraba muy bien, no tenía apetito.
-¿Qué tal tu nuevo
trabajo? Que no te he preguntado.
-No te preocupes, no pasa
nada. Bien, normal, un trabajo cualquiera, soy el nuevo y se
aprovechan.
-¿En serio?¿Qué te
pasa?
-Nada, trabajo mas que
ninguno y cobro menos que ellos. -le miré asombrada. -no pasa nada,
es lo típico.
-Pobre…
-¿Y tu que tal? ¿Cómo
te encuentras? - me encogí de hombros mientras negaba con la cabeza.
-Normal, ¿nos vamos?
-asintió, recogimos y nos fuimos.
En el
camino hasta el coche no hablamos nada, era un silencio muy incomodo
y poco propio de nosotros, Ismael intentaba abrazarme echándome el
brazo por los hombros y yo le rehuía, me limitaba a encogerme
de brazos y mirar al suelo. Cuando subimos al coche me puse el
cinturón, él se giró en el asiento
y me miró.
-¿Por qué no me quieres
decir cómo te sientes? -me volví a encoger de hombros y bajé la
mirada al suelo, notaba como se me humedecían los ojos.- ¡Mírame!
-lo hice- voy a estar contigo para todo, en todo momento, no lo
dudes, pero necesito que me digas cómo estás o qué puedo hacer…
Las lagrimas brotaron
solas, me llevé las manos a la cara y me tapé los ojos para romper
a llorar.
-Ven
aquí, anda. -me abrazó.
Como pude, con la voz
entrecortada y sollozando, le contesté.
-Me encuentro mal… me
siento agotada, cansada y… sola. Tengo miedo.
Ismael no me contestó, se
limitaba a abrazarme fuerte, acariciarme el pelo o secarme las
lagrimas.
Cuando me tranquilicé,
arrancó y me llevó a casa. Por el camino intentaba mantenerme
entretenida hablándome de cualquier cosa o haciendo gracias para que
me riera, pero no lo conseguía. Se estaba esforzando mucho, pero no
obtenía respuesta.
Tardamos unos veinte
minutos en llegar, era ya pasadas las nueve y todo estaba muy oscuro,
no solo porque fuera de noche, sino porque durante todo el día, el
cielo había estado muy gris y nublado. Ismael aparcó y nos bajamos
del coche, nos acercamos a la puerta de mi casa mientras yo rebuscaba
las llaves en el bolso.
-¿Estás bien? -me
preguntó abrazándome. Asentí. -Cualquier cosa, me llamas, ¿vale?
-¿Quieres… pasar un
rato? -él me miró sorprendido y asintió no muy convencido.
Abrí la puerta y
entramos. Estaba todo muy oscuro y no se veía nada, sobre todo en el
pasillo.
-Espera, que enciendo la
luz. -me apuré a decir.
Estaba muy nerviosa, era
la primera vez que estábamos tan extremadamente cerca y para colmo,
no le veía. En un intento fallido de encontrar el interruptor, me
tropecé con él.
-Me has pisado. -me dijo
riendo.
-Lo siento. -me reí con
él.
-No pasa nada. -noté su
mano en mi cara y cuello, mi cuerpo se estremeció -Ro…
-¿Si?
-Estaré contigo para lo
que haga falta. Siempre.
La mano que tenia en mi
cuello, acariciaba mi cara con el dedo pulgar mientras los otros
cuatro dedos apretaban mi nuca y puso su otra mano en mi cintura.
-¿Siempre? -pregunté
abrazándole por la cintura.
Sus manos se aferraron a
mi, apretándome junto a él, y de la nada, sus labios estaban
rozando los míos, “Siempre”, susurró.
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