De camino al colegio y mientras Tomás
conducía, en la radio sonaba la canción que me gustaba: “Zapatillas” de El
Canto del Loco. Tomás sabía que me encantaba ese grupo y esa canción en
particular, así que me miró, me sonrió y subió el volumen, muchísimo, yo no
pude contener mis ganas de cantar, y así lo hice con la ventanilla bajada y mi
pelo al aire, canté mi canción favorita a pleno pulmón mientras el pobre chico
me miraba con cara de extrañado, y bastante sorprendido.
Llegamos a la puerta del colegio, aparcó,
bajó el volumen y me miró con sus preciosos ojos color marrón miel muy
abiertos.
-Vaya, vaya… no conocía esta faceta tuya.
–dijo riendo.
-Lo que significa que no me conoces tanto –
reí- Ya ves, hay tantas cosas que desconoces de mí… - dije mientras me
desabrochaba el cinturón y abría la puerta.
-¿Ah si…?
-Si… – le contesté entre carcajadas a la vez
que salía del coche.
Caminé hasta la puerta, donde una profesora
me estaba esperando.
-Hola… - me saludó
-Vengo a recoger a Carlos. –contesté.
-Ah, Rocío, su hermana, ¿no? – preguntó.
-Sí, la misma.
-Hoy has llegado temprano, me habían dicho
que llegarías dentro de 20 minutos.
-Si, es que hoy no he venido andando.
Asintió, me sonrió y girándose sobre sus
talones se dio la vuelta y entró al patio.
-¡Carlos, te han venido a buscar! –gritó
¿Para qué había andado hasta el patio si
luego iba a gritar igual? Eso podía haberlo hecho yo desde la puerta del
edificio.
Pude ver a mi hermano correr desde el patio,
por todo el pasillo, dejando atrás a aquella profesora, con su mochila en la
mano, me incliné y abrí los brazos, me sonrió y saltó sobre mí, que le cogí y
giré sobre mí misma, nos miramos, nos reímos, le di un beso y le puse en el
suelo. Me dio su mochila y me dio la mano. Le guié hasta el coche, abrí la
puerta trasera guardé su mochila y le entré, le puse el cinturón y cerré la
puerta. Me senté como acompañante y me viré hacia atrás.
-Mira Carlitos, éste es Tomás –le presenté.
-¿El de la llamada del otro día? – me dijo
vergonzoso.
-Si –contestó Tomás riendo- del que saliste
gritando por el pasillo, ése.
-Ah… ya se.
Tomás y yo nos miramos y nos reímos. Nos
sentamos bien, nos pusimos los cinturones y con la radio bastante alta,
continuamos el camino a casa.
-Madraza, ¿eh?... – me dijo en voz baja para
que Carlitos no lo oyera.
-Ya te dije que hay muchas cosas que no sabes
de mí. –contesté riendo.
-Me estás empezando a dar miedo… -bromeó
Tomás.
Miré hacia atrás y vi a mi hermano un poco
cohibido por la situación, le sonreí, miré a mi izquierda y estaba Tomás,
concentrado en la carretera. Me miró y sonrió.
-¿Qué? –preguntó.
-Nada, estaba pensando. –me excusé.
-¿En qué? – se interesó.
-Nada. –y sacudí la cabeza queriendo decir
que no.
Pensaba en que en aquel coche iban
posiblemente las dos personas más de mi vida en aquel preciso instante. No
quería llegar a casa, me gustaba tanto la sensación que estaba teniendo, me
sentía feliz, sí, era plenamente feliz en aquel momento. Temía que al llegar
todo se desmoronase, que Tomás no gustase a mi familia o que simplemente, no
aceptaran la relación, no se, tenía muchísimo miedo del momento en que se
decidiría si mi relación continuaría o no.
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