Después de la cabalgata, normalmente dábamos
un paseo por la calle mas grande de la ciudad, donde mas comercios había. Y
este año no iba a ser menos. Una vez allí.
-¿Qué quieren hacer ahora? – pregunté a mi
padre.
-Yo quiero ir a una tienda que han abierto
nueva de herramientas. ¿Quién se viene?
Miré a mi hermano con cara de asco y él a mí.
-¡Nosotros no! –Dijimos -¡Bien!- Pensé.
-Vale pues vamos mamá y yo.
-¿Puedo ir a dar una vuelta con él y comer
algo, papá? – Pregunté
-Si, papá porfa.
-Vale, vayan. Ten cuidado con él, ¿vale?
–Asentí
- ¿Llevas dinero? –Asentí
-¿Y el móvil? – Asentí.
-Vale, en cuanto termine te llamo y nos vemos
aquí, ¿vale?
-Si, papá, no te preocupes.-Le dije mientras
mi hermano y yo dábamos un beso a nuestros padres.
Vale, ahora era todo más fácil, llevarle a
comer, dar tiempo a mis padres y luego ir con él a ver jugueterías o a comer
helado.
-¿Qué quieres comer, Carlitos?
-¿Podemos ir al McDonald’s?
-¿Sabes que está en la otra punta de la
calle, verdad?
-Si, pero me apetece, ¿podemos?
-Bueno… venga, sí, vamos.
Recorrimos la que parecía la calle más enorme
que nunca hubiera recorrido, mientras hablábamos sobre el Rey Raro, reíamos,
veíamos mimos, gente tocando instrumentos, chicas en patines dando golosinas,
luces, niños, y mucha, mucha gente, en más de una ocasión tuve que coger a mi
hermano para poder pasar.
Finalmente llegamos a nuestro preciado
destino, un aglomerado y estrechísimo McDonald’s.
-Vale, ¿Qué quieres, una pequeña, verdad? Has
comido muchos caramelos.
-Si, ¿y tu?
-Otra pequeña.
Nos atendió una chica con cara de pocos
amigos por estar trabajando la noche más mágica del año pero intentando simular
una sonrisa en su muy maquillado rostro nos atendió.
-Hola y bienvenidos al Mcdonald’s ¿Qué
desean?
-Hola, déjame dos hamburguesas pequeñas, de
1euro, y una coca-cola y una Fanta, por favor.
-Vale, ahora mismo se lo doy.
-Vale, gracias.
-Hola pequeño… -se refirió a Carlitos-
¿quieres un caramelo?
-Carlos, la chica te está dando un caramelo,
cógelo.
-Vale, gracias. –dijo mientras cogía el
caramelo que le ofrecían, vergonzoso, y me lo daba a mí.
Las dos reímos.
-Está un poco cansado ya ¿no? –me preguntó.
-Si, y no es el único, ¿eh? –le hice señas
refiriéndome a ella misma-
-Pues no, no es el único, estar aquí y no en
casa con mi hija… -dijo mientras ponía cara de tristeza.
-No, no es mi hijo… -No era la primera vez
que alguien cometía el error de pensar que Carlitos era mi hijo, yo parecía tan
mayor y él era tan delgadito y tan poquita cosa…- Es mi hermano y estuvimos dos
horas en la cola para hablar con Baltasar, ¿verdad, Carlos?
-Si, -rió- que Rey más raro.
Los dos reímos.
La chica amablemente nos dio nuestro pedido y
nos lo fuimos comiendo mientras recorríamos la calle.
-Carlos, ¿oíste lo que dijo? Está trabajando
y su hija está en casa, esperándola.
-Como nosotros a papá el otro día ¿no?
-No es lo mismo, ésta noche es la noche de
los niños, donde todos deben estar con sus padres y ser felices y ella no puede
estar con su niña esta noche.
-¿Y podemos hacer algo nosotros?
-Según…- mi mente maquinaba algo que igual a
mis padres no les hacía gracia por nuestra situación, pero me daba igual, sería
del dinero de mis ahorros y ellos no se enterarían.- ¿Quieres hacer algo por
esa niña, Carlos?
-Si, estaría bien, nosotros estamos con papá
y mamá.
-Está bien, pero no puedes decirles a papá y
mamá nada de lo que hemos hecho, ¿vale?
-Vale.
Me encantaba compincharme con mi hermano y
que no se fuera de la lengua.
Nos dirigimos a la primera juguetería que
encontramos y compré una muñeca, al ser última hora estaba súper rebajada y a
mi no me importaba tener 15 euros menos, la señora de la tienda nos la
envolvió, fuimos a una papelería y compramos un sobre rosa y papel, le escribí
a aquella niña una pequeña nota en la que le deseaba feliz navidad y que tenía
que sonreír siempre, aunque su mamá no estuviera con ella, porque su mamá
siempre estaba pensando en ella, la firmamos mi hermano y yo, y la metimos en
la bolsa de la juguetería, pusimos paso firme al McDonald’s que estaba a punto
de cerrar, era casi la una de la madrugada, y de lejos vimos a la chica que nos
había atendido, le grité ‘¡EH OYE!’ Cuando se giró y nos vio, no sabía si
sonreír o extrañarse.
-Mira, Carlitos y yo hemos comprado una
muñeca a tu hija. –Le dije bastante orgullosa de mi acto.
-Muchas gracias, pero no hacía falta.
-Si, ella no puede estar aquí contigo como
nosotros con nuestros padres. –Le explicó Carlos.
-Pues… no se que decir, muchas gracias, se
pondrá muy contenta, pero… no sabrá quien se la ha regalado.
En ese momento vi una cabina de fotografía
justo detrás de la chica. Sonreí maléficamente y ella asustada me preguntó.
-¿Qué? ¿Qué pasa? –le señalé la cabina- Que
buena idea, la foto la pago yo.
Reímos y nos sacamos unas cuantas fotos,
nosotros nos quedamos con dos y ella con cuatro, en la trasera le escribí mi
número de teléfono.
-Mira, este es mi número, quiero ver la cara
de tu hija al recibir la muñeca, ¿vale?
-Vale, muchas gracias. Me tengo que ir ya.
-Si y nosotros, adiós.
-Adiós.
Carlitos, el pobre, no sabía como reaccionar,
fue todo tan increíblemente rápido. Nos pusimos a caminar de nuevo hacia
nuestro punto de partida.
-Ro, estoy cansado de tanto caminar, ya.
-Lo se, y yo, pero te prometo que si caminas
tu solo hasta aquel cartel de allí…-señalé un cartel naranja que se veía a lo
lejos entre la multitud- te invito a un helado, ¿qué te parece?
-Vale, pero uno bien grande y de chocolate,
¿eh? Nada de 1euro.
-Vale…- le respondí resignada mientras le
revolvía el pelo.
Llegamos a la heladería y pagué mi deuda para
con mi hermano, que orgulloso de su helado salía sonriente del local. En ese
instante me llamó mi padre, era la señal, tenía que regresar al punto donde nos
separamos.
-Carlos, es papá, tenemos que volver ya.
-¿Y mi helado?
-Te lo comes de camino a casa. Si mamá te
deja algo.
-¿Y si no me deja seguir comiéndolo? Es de
noche.
-Tranquilo, que si no te deja comértelo, me
lo como yo. –Le dije riendo, a lo que obtuve como respuesta una mala cara.
Cuando nos reunimos con mis padres se sorprendieron
de ver al pequeño de 10 años comiéndose un enorme helado de chocolate un 5 de
Enero a la una de la madrugada.
Me miraron sorprendidos.
-¿Qué? Se lo había prometido…
-Nada, nada, no hemos dicho nada. –respondió
rápidamente mi madre.
-Bueno, ¿nos vamos?- Preguntó mi padre.
-Si, vamos.
De camino a casa, solo escuchamos la radio,
Carlos se durmió en el coche y yo estaba rendida, correr por aquella enorme
calle tenía sus consecuencias. Al llegar yo subí a casa con el pequeño en
brazos mientras mis padres hacían lo que tenían que hacer, guardaban el roscón
y se acostaban. Todos nos dormimos en seguida.
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